lunes, 27 de febrero de 2017

'VELITA' AQUIJE, UN LINCEÑO DEL GARCILASO EN EL SPORTING CRISTAL

Velita, entre Mifflin y Gonzales Pajuelo.
Isabel Ramos de Aquije no se imaginaba que aquel chiquito y escurridizo jugador, a quien alentaba insistentemente en la práctica del deporte rey, llegaría a ser uno de los jugadores más finos del Sporting Cristal y de la selección peruana.
De Matamula a La Florida…
“Mi madre fue quien siempre me apoyó en las prácticas desde niño, yo estaba en los calichines del Cristal. Me aconsejaba mucho, sacaba de donde no había para los pasajes, en fin en una familia de ocho hermanos, en la calle Garcilaso, en el barrio de Lince y Lobatón”.
“Yo empecé jugando en el equipo de mi barrio, hacia los doce años ya destacaba en el Garcilaso de la Vega en Lince y a los catorce me fui al Sporting Cristal, donde tuve la suerte de ser formado por el señor Rafael Silva quien nos vio jugando en el bosque Matamula y nos dio una tarjetita para que fuéramos al Cristal. Éramos seis muchachos del barrio de la calle Garcilaso. De los seis quedamos dos. El otro era Tito Elías, mi hermano del alma con quien seguimos en Cristal  hasta que salimos a primera. Perico León vivía al frente de mi casa y a tres puertas vivía Tito Elías, tres jugadores que llegamos a ponernos la roja y blanca”.
En el año 64 fue al Sudamericano Juvenil de Colombia donde Perú quedó en tercer puesto, lo que equivale a sub -17. A su regreso del sudamericano es promovido a la famosa  ‘cuarta especial’.    
Una huacha y un gol en el debut…
“Luego, en  un partido de práctica, el gringo Terry me llama y me hace jugar un partido con los profesionales. Con algunos ya había jugado en las inferiores. Se da el partido y hago algunas diabluras y dos goles. Al final del partido y al salir de las duchas, el gringo Terry  me dice, (fue un jueves, me acuerdo como si fuera ayer) “Velita, mañana te concentras con nosotros, es decir con el primer equipo”. Las concentraciones eran de viernes hasta el partido del domingo en las instalaciones del Cristal”.
“Llegó el domingo y nos tocaba jugar con el Arica, que era un cuadro de mucho respeto: Meléndez y el Muerto Gonzales de centrales, Sartor en el arco, Mifflin en la media, era un equipazo. Nos subimos   al bus y al llegar al Estadio Nacional me dirigí a las tribunas. Me acuerdo que mi hermano Maquerita, el utilero, me dice “el profe quiere verte”. Entro al camarín y veo la (camiseta) 9. Me dijo el gringo Terry “cámbiate”. Ya todos estaban calentando en el túnel. A la hora de salir al campo yo no estaba enterado de mi debut. El gringo se acerca  hacia mí y  me dice “Quiero que me hagas todo lo que haces en el Rímac, aquí”. Yo me quedé impactado”.
“Al salir a la cancha ganamos la pelota y el Chato Del Castillo me dice “cuando suene el pito, tócamela, que el primer toque es lo principal en un jugador”; así fue. Yo estaba un poco nervioso pero en una jugada ofensiva nuestra, yo con la pelota y Gonzales Pajuelo me grita “¡Velita!” se la iba a tocar cuando veo  que Julio Meléndez alza la pierna y se la pongo abajo. Una huacha limpia. Saco el centro y Gonzales la mete de cabeza. Luego nos empatan el partido. Faltando tres minutos, se produce una jugada. Del Castillo pone el centro a media altura. Vengo desde atrás, los adelanto a Julio Meléndez y al Muerto Gonzales y de cabeza, sin saltar, le meto el gol al gigante Sartor. Fue uno de los días más felices de mi vida”.
Así es Mario Velita Aquije, fácil de emocionarse a sus sesenta y seis abriles, lleno de emociones y experiencia de un tiempo de gloria  en nuestro fútbol, de hazañas de su Cristal querido, en una carrera llena de triunfos pero que también conoció de sinsabores.
“La frustración que tenemos es que no  hay jugadores con la capacidad de ser diferentes. Hace cuantos años que no sale un Cubillas, un Challe un Sotil. Por favor, hay que retornar a los semilleros. Las academias han matado  al fútbol”.
El quebradero de cabeza de Didí…
“Tuve la suerte de jugar con extraordinarios jugadores. Hablar de fútbol, de esos años en los que la acariciaban talentosos como Del Castillo, Mifflin, Challe, Cruzado, Pedro Ruiz, Orbegoso, Peralta y tantos otros. Cuando hacen la preselección, Didí llama a cuarenta y cinco y se rompía el coco. No sabía a quién sacar, ahora los técnicos se rompen el coco porque miran su banca y no tienen a quién poner. Esa es la triste realidad del fútbol peruano. Y la verdad, con este panorama, yo veo  muy lejana la participación de Perú en un mundial. Hay que empezar con divisiones inferiores. El semillero es muy importante. Ahora hay academias de fútbol, las mismas que, en vez de ser una solución, son un problema”.
Sigue la charla  rica en experiencias con aquellos grandiosos del fútbol peruano. Velita recuerda y nos transporta a los setenta.  Pareciera que nos hablara del tiempo de vals en el fútbol.
“Había maravillosos pasadores de pelota.  Y cada equipo tenía lo suyo.  José del Castillo era el mejor pasador de bola de esos tiempos.  Que me perdonen Mifflin, Challe, Cruzado,  pero el Chato era extraordinario en eso”.
La jugada inolvidable de Velita.
“Se jugaba un partido con Emelec en el Ecuador. Me llevé a siete  jugadores y le hice le gol al arquero García de aquellos esos tiempos. Al final ganamos por tres a uno”.

Mario Aquije Ramos, casado hace 43  años,  con su inseparable Sonia con quien tiene tres hijos: Mario, Katherine y Lorena.  Asi es Mario, un hombre sencillo, padre, abuelo  y, sobre todo, amigo.  Hablar de fútbol con él es un deleite.  Es uno que a la redonda la acariciaba como la mayoría de muchachos de los sesenta. Para los peloteros, simplemente Velita.
Tomado de Páginas Libres.

viernes, 2 de diciembre de 2016

EL CINE WESTERN, EL AGUA VIVA Y YO.

Por Sócrates Araníbar Luna
Bueno, debo reconocer que la culpa fue mía, cuando Renato me dijo:
—Causa, ¿quieres ir al Agua Viva en el cine Western?
Enseguida mi mente explotó y mi niñez puso play en mis años en Lince,  en el Western, viejo cine de media mampara (así les decía mi madre a la gente de clase media) donde décadas atrás se presentaba la Bim Bam Bum (Revista Varieté, un show al que jamás pude ingresar por razones de edad) y donde cantaron Pedro Infante y Benny Moré, donde vi todas las películas de cowboys y de detectives. Ah, y olvidaba la frutería del costado del cine, que atendía 24 horas para satisfacer antojos frutales de las embarazadas, que nos surtía de frutas de estación con maniobras non sanctas; y donde tempranito los resaqueados se repletaban de vasos y más vasos de jugo de papaya con hielo antes  de partir para el trabajo.
-vamos, ¿te animas? Me despertó Renato del sueño. Mi amigo es Jefe de célula. O sea, paga muchísimo más del diezmo para asegurarse una butaca en el Coro Celestial (debe ser en la zona VIP).
—Después te invito un escabeche de bonito— insistió Renato, y terminó por convencerme, más por el escabeche que por el fin de mi irreverencia.
¿Político o actor?
El viejo cine lucía completamente remozado y empecé a mirar, girando mi cabeza, su cielo raso y desde la platea quise ubicar la localidad de platea alta pero no funcionaba. La sala estaba plena de luz y pintada de blanco, linda, hasta que apareció en el proscenio un zambito quimboso (el Pastor Solari, me dijeron), quien lanzó un grito. Un tremendo grito. Un inesperado. Un grito de discurso de campaña electoral.
—¡Yo fui pecadoooooooor!, ¡yo me alistaba los días sábados para tonear!, me ponía tiza, salía a comprar mi falso pa´ la ñataaa!
De saque me cayó bien su estilo ameno, con giros jerguísticos. También dijo que le gustaban las malas mujeres (que son la buenas, el paréntesis es mío)
—pero ya nooooo! —volvió a gritar—, ¡desde que ví la Luuuuzzzzzz! ¡Que levanten la mano los que han venido por primera veeeezzzz! —volvió a gritar.
Los Hermanos Caradura…
Y al toque sentí que alguien levantó mi mano tomándome de la muñeca. Era Renato. “¡uy la cagada!”, dije para mi mis adentros. Y tuve que acercarme más de fuerza que de ganas y al llegar adelante —éramos cuatro— nos abrazó uno por uno y nos besó en la mejilla (me acordé de Judas en el evangelio y me la limpié disimuladamente). Con su pulgar me hizo una cruz en la frente y me preguntó si había visto la luz. Y yo, que sólo pensaba en el escabeche, torcí el timón de mi mente a otra autopista luminosa y me acordé de la película The Blue Brothers (Los hermanos Caradura), y en la magnífica escena donde James Brown en el papel de un Pastor canta el gospel The old land mark, mientras grita frenéticamente “!shiniiiing ... shinniiiing”, cuando se abre una nube e ilumina a James Belucci y este, ante la sorpresa de Dan Aykroyd, empieza a dar saltos mortales por el pasillo y se pone a bailar con el coro de negras y de pronto se me escapó a todo pulmón un
—¡Vi la luuuuuuzzzzz! .
y todo el teatro empezó a gritar
—Amennnnnnnn amennnnnnnnn!  ¡Perdónameeeee Señooooooor!
La Pasión de Mel Gibson…
Y los feligreses caían en éxtasis blanqueando las miradas como si tuviesen un ataque de epilepsia. Justo en ese momento, en el instante justo y estudiado, el proyector lanzó La Pasión, de Mel Gibson, mientras se revolcaban en el suelo. Rápidamente Solari hizo una seña a su auxiliar,  y este —por demás sereno—, hacia señas a unos ayudantes para que repartieran pañuelos de papel previamente preparados. Miré alrededor, buscando una vía de escape, y salí disimuladamente. Ya fuera, tomé una bocanada de aire frío para recuperar el control, y caminé ocho cuadras antes de tomar un taxi con rumbo al Callao.
Y la próxima vez que vea a Renato le voy a decir que le invite escabeche a su mismísima abuela.

domingo, 26 de junio de 2016

EL CINE LIBERTAD EN MIS RECUERDOS…

Por Sócrates Araníbar Luna
Vale aclararlo de una vez por todas, el cine Libertad no estaba ubicado en Lince. El real límite entre Lima y Lince eran las calles Domingo Cueto y Manuel Segura. El viejo local se hallaba dos cuadras más al norte, en el vértice donde confluían las calles Teodoro Cárdenas y Manuel Castañeda. Allí en esa esquinita se levantaba el recordado cine con sus ventanas de medio punto y sus portales en forma de nicho. Era propiedad de la familia Benavides. Pilo, hijo del dueño (nunca supimos su real nombre, supongo que Filomeno o Felipe), era el administrador.
Tanto quienes se dirigían de Lima a Chorrillos pegados a la derecha del tranvía como quienes regresaban de Chorrillos a Lima desde la izquierda podían ver la  fachada de puerta principal con tres portadas y sus respectivas rejas y la inmensa pared pintada de celeste desteñido que daba a la entrada de la cazuela. Mirando de costado a la línea del tranvía,  paso obligado de los linceños a la Victoria como al Estadio Nacional, el viejo Cine Libertad colmaba las expectativas de los cinemeros de barrio que no habiendo alcanzado las viejas películas en las salas de estreno  se encontraban con la oportunidad de volverlas a ver.
Taqueros y cinemeros…
Algunos fanáticos del cine lo eran también del billar, justamente a una cuadra del cine se encontraba el Billar El Sol, donde los billaristas y cinemeros juntaban tacos y tizas para jugarse una mesita antes o después de la función. Pilo -taquero también, y de los buenos-, al escuchar un desafío  se daba sus escapadas para jugarse una mesita con los tiburones del taco a quienes les hacía dura pelea. Tan buena gente era que a todos los taqueros del billar los hacía entrar gratis. Y a mí, por su amistad con mis hermanos mayores, también taqueros, me hacía entrar también. Apenas lo veía el hall del cine yo le decía “hola Pilo”, y él me respondía “pasa”. Pero no le gustaba tanta conchudez, cuando me veía con amigos del barrio me ignoraba y se metía a la oficina.
Ludmir y Ribeyro en la cazuela…
Cierta vez en su programa “Pepe Ludmir y sus charlas de cine”, el excelente periodista, exalumno del antiguo colegio de Lince ‘Gimnasio Peruano’, se refirió al Libertad recordando haber vuelto a ver, jubiloso después de tantos años, ‘Cantando bajo la lluvia con Gene Kelly. “La volví a ver en funciones de matineé, vermut y noche”, sonreía Pepe, “después de casi veinte años, y no podía perder la oportunidad”.   
Algo parecido escribió Julio Ramón Ribeyro antiguo vecino de Santa Beatriz. “No teníamos pierde”, declaraba el autor de Las botellas y los hombres, “inclusive sin leer la cartelera, ya sabíamos que en el ‘Libertad’ nos íbamos a reencontrar con antiguas películas de Hollywood”.
Los mocosos linceños de entonces vendíamos todo lo que podíamos -, botellas, periódicos, revistas- para poder ver una película en matinée, ya sea de coboyadas con Randolph Scott como películas francesas de cine negro con Juan Gabin y Alain Delon, sin descartar las mejicanas de Joaquin Pardavé y las argentinas de Sandrini.
Antes de entrar solíamos hojear sin comprarlas las antiguas revistas Peneca, Rico Tipo, el Pinguino y El Gráfico que vendía el famoso Vite. Los mayores ya no leían los chistes de editorial Novaro sino las novelitas detectivescas de Clark Carrados y Michael Kane o del oeste de Marcial Lafuente Estefanía.  Los lunes femeninos las damas intercambiaban las novelitas rosa de Corín Tellado. Pero eso era lo secundario. Los cinemeros linceños  luego de leer la cartelera de La Crónica o Ultima Hora y no nos gustaban las películas del Alianza, Independencia, Ollanta o Western nos íbamos al Libertad.

Gratis por la puerta de emergencia…
Foto: cortesía arq° Víctor Mejía.
Quienes no teníamos dinero usábamos un truquito para zamparnos, pero esto sólo se podía hacer en funciones de vermut (también es válido decir vermú o vermouth) y noche. Sólo uno de nosotros pagaba su entrada. Este, luego de empezar la película, accionaba la palanca de la puerta de emergencia –la cual abría hacia Paseo de la República- y con esto los demás que fingían estar esperando a alguien ingresaban uno a uno sin movimientos aspaventosos ni abrir mucho la puerta ante la mirada cómplice de los vendedores carretilleros de maní confitado y canchita salada. Pero la emocionante práctica, aunque ilícita, se estropeó cierta vermut  dominguera en que exhibían la serial “Los Tigres del ring”. Tantos muchachos misios quedaron afuera que, por la desesperación de no perderse un minuto más de la película, los zampones linceños y victorianos invadieron el cine en tropel ante las puertas abiertas de par en par. Total, dicha puerta de emergencia fue clausurada con candado ante la severa vigilancia del terrible tío Quispe, antiguo recibidor de boletos y terror de los zampones.
Una leyenda urbana…
La platea tenía butacas ergonómicas  mientras en la cazuela, como en todo cine viejo que se respete, se alineaban apolilladas y larguísimas bancas pintadas de color caoba que más parecían de iglesia Metodista. A todo esto, el destacado decimista Nicomedes Santa Cruz, al comentarle este detalle nos contó cierta tarde al terminar la película “El Pirata Hidalgo” que las bancas de la cazuela  del Libertad sí habían pertenecido a la Iglesia, pero a la católica. “Luego del terremoto del cuarenta”, añadió  Nicomedes,  “la iglesia de San Pedro fue remodelada en su totalidad y sus bancas se las vendieron a los Benavides”
No sabemos cómo obtuvo Nicomedes tal información que más nos parece una leyenda urbana. Y es que don Gastón,  el viejo portero y  mil oficios del Cinelandia, ubicado al lado del viejo Puente de Viterbo -llamado el Puente de Palo, donde hoy se ubica la feria de libreros de Amazonas- nos dijo  algo parecido, que las bancas del vetusto cine se las habían vendido los curas del convento de San Francisco. Ahora bien, es rigurosamente cierto que los curas no te dan nada gratis, pero de ahí a creer que todos los conventos e iglesias vendían sus bancas a los cines sería seguir alimentando otra leyenda urbana de esas que circulan en toda ciudad vieja.
La Dama de Negro…
A propósito de tales leyendas urbanas. Había una que circulaba entre los asistentes al Libertad. Aseguraban los viejos cinemeros que en la platea se paseaba un alma en pena, una dama de negro, cuarentona y de cabello larguísimo que se aparecía a los cienemeros de la platea cuando el cine estaba semivacío. Se les acercaba sigilosamente a los varones que estaban solitarios y con voz ronquita les pedía “por favor un fosforito para mi cigarro que se me ha quedado olvidado en mi butaca”. Entonces les decía “lo espero allá” y se retiraba a las butacas del fondo. Cuando el espectador, tentado y con la cabeza recalentada por una posible aventura de choque y fuga en plena oscuridad se encaminaba al fondo no hallaba a nadie. Sólo un cigarrillo sobre la butaca. Esta leyenda circulaba en los años cincuenta y a quien la escuché primero fue a don José ‘Gallareta’ Luna, mi tío, en una de esas tertulias de viejos cinemeros que se juntaban después de las funciones del Libertad en el cafetín de Take en la Plaza Méjico. En aquella misma reunión, otro señor enchalinado y con el cigarro encendido entre los labios añadió que cuando la dama se retiraba les palmoteaba la cara con una mano fría y huesuda. El más viejo de todos, don David Zevallos, le puso el jugo a la leyenda añadiendo que dicha dama, vecina de la avenida Manco Cápac, había sido asesinada a cuchilladas en la última butaca del cine por su esposo al encontrarla con el amante en una ardiente sesión amorosa. “Lo cierto”, finalizó don David, “es que jamás volví a subir a esa platea, a menos que lo hiciera acompañado de dos o tres personas. Desde ese momento, sobrino, la cazuela fue mi lugar, allí no me perdía ninguna película argentina o mejicana”.
Brigitte, Marilyn, Sarita…
En nuestras épocas escolares, cuando  nos tirábamos la pera, fingiendo chequear  las carteleras de toda la semana, solíamos arrancar las fotos de las artistas más famosas aprovechando el distraimiento de Pilo y su novia. Ya en el colegio las intercambiábamos por otras o por cigarrillos. Y hasta hace unos veinticinco años aún mantenía guardadas algunas en casa, empaquetadas bien al fondo de la cómoda. Y cada vez que abría el cajón contemplaba embobado las imágenes de Miroslava en Escuela de Vagabundos, Rita Hayworth recibiendo la famosa bofetada de Glenn Ford en Gilda, Marilyn Monroe derrochando sensualidad en Una Eva y dos Adanes, Sarita Montiel en Vera Cruz,  y mi preferida, Brigitte Bardot en escenas de Y Dios creó a la mujer que durante varios años siguió perturbando mis noches de insomnio.
Coda.

Pasaron los años, y durante los sesenta, con construcción del zanjón, se fueron  los tranvías, las vías férreas, las acequias a cuya vera crecían los altos álamos, y con ellos se llevaron a mi viejo cine Libertad. Pero no pudieron quitarnos nuestros recuerdos de películas que ni se pueden ver ni siquiera en internet, de encuentros pecaminosos,  de placeres escondidos, de risotadas  y chonguerías entre patoteros, en fin, de ese local donde al  apagarse las luces se encendían ardores y se experimentaban nuevas sensaciones. Luego  supe que el cine Libertad se había trasladado a Comas. Aún se podía leer su programación en la cartelera, pero para mí ya no era “mi cine Libertad”. Sabía que a ese cine del mismo nombre al otro lado de Lima ya no asistirían Pepe Ludmir, Julio Ramón Ribeyro ni el Kiri Escobar. Tampoco el pianista del Embassy, ni el chino que vendía sus famosas habas conocidas como ‘chicle serrano’, mucho menos el revistero ‘Loco Vité’ , conocido como Patoruzú, ni la ñorsa que se dejaba paletear por los lujuriosos adolescentes que nos peleábamos el sitio de atrás de donde se ubicaba ella. Y la fantasmagórica  dama de negro se desvaneció para siempre de la antigua platea de mi querido cine. 

lunes, 18 de enero de 2016

MIS RECUERDOS CARVAJALINOS Y SANMARQUINOS

Escribe: Anibal Neyo Berrocal Vergara

Esquina de Chin Chin, Lazo con Segura.
I. En la esquina de Chin Chin
Llegué a vivir a Lince, precisamente a la 15 de Francisco Lazo a los 8 años, a la misma quinta donde vivía el al gran amigo Sócrates Araníbar, unos años mayor que yo. Los Araníbar eran varios hermanos, pero a quien más lo frecuenté fue a su hermano menor Manolo. Aquí una anécdota con Sócrates: recuerdo que un día formábamos circulo en la esquina de Chin Chin de Francisco Lazo, donde se encontraba también su entrañable amigo Carlos Ramos Velit,  quien profirió una frase de lo que le había sucedido en la noche anterior:
—Entró la libélula a mi cuarto y si no fuera por sus lucecitas con que alumbraba no lo hubiera podido notar…
De inmediato Sócrates retrucó:
—No era una libélula sino una luciérnaga. Son animales muy distintos.

De inmediato imaginé cuáles eran las palabras que un hombre de buen gusto debía utilizar y cuáles las palabras que debía evitar. El escenario –aquella inolvidable esquina linceña— en vez de un mero lugar de entretenimiento era un manual hablado y práctico de las buenas maneras.  Siempre pensé que Sócrates estudiaba el pequeño diccionario ilustrado Larousse editado en aquellos años.

II.           Años carvajalinos…
Me formé en la G.U.E. Meliton Carvajal y no llegué a conocer a Javier Heraud cuando enseñaba el curso de Literatura en mi entrañable colegio, pero los profesores de ese curso eran muy exigentes en sus clases. Había que aprender de memoria Las 40 estrofas de las coplas de Manrique o La vida es sueño de Calderón de la Barca. 

En el Melitón Carvajal tuve el honor de compartir carpeta con el escritor José Gutiérrez Souza, quien  al terminar la secundaria y en la vida universitaria escribió la novela Así hablo Arturo y se fue a vivir a España donde radica actualmente. Era diferente a mis demás compañeros de clase, devoraba libros, leyendo y leyendo. A él sí le cayeron los motazos y los papelitos disparados por una liguilla como proyectil. Nunca reclamaba; sólo se tocaba la oreja como si fuera un tingonazo más propinado por el sacerdote apodado ‘el cura Bolo’ quien enseñaba religión y con quien entraba en polémica constante mi amigo Pepe, como yo lo llamaba, Caminaba despacio, hablaba con medida y durante la conversación se pasaba la mano por las barbillas bien cuidadas. Circunspecto, evitaba convenientemente los ademanes y la petulancia de la juventud como algo inconveniente. 

Pero yo ya estaba en el cuarto de media. El primer libro que me regalaron por mi cumpleaños  fue El hombre mediocre del Argentino José Ingenieros; en San Marcos en pre—letras fue uno de mis autores favoritos, así como el libro El Hombre Concreto del insigne maestro Cesar Guardia Mayorga. Como buen carvajalino tuve afición por la declamación y en pre—letras de la Universidad Decana recité muchas veces El brindis del Bohemio:
…Yo no brindo por ella, compañeros,
Brindo por la mujer, pero por una,
¡Por mi madre!,  bohemios, por la anciana
que piensa en el mañana…

III.         Años sanmarquinos…
Pero en San Marcos el mejor lugar para informarnos de todo era la cafetería del sótano de letras. Nos enterábamos de cada libro que aparecía, nos pasábamos las horas ahí diariamente con el pago por una taza de café, y nada se nos escapaba porque vivíamos incesantemente con los sentidos tensos y creo que el resto de mi vida no he vuelto a leer con tanta intensidad como aquellos años de colegio y universidad.
Y así, así... luego de dos años de literatura, filosofía y sociología, pasé a la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, pero la literatura era para mí. Como señalara el Novel Mario Vargas Llosa en su novela Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo :
“No hay nada más entretenido que un poema o una gran novela, pero ese entretenimiento no es efímero. Deja una marca secreta y profunda en la sensibilidad y la imaginación”.


domingo, 6 de septiembre de 2015

EL CAMPO DE MARTE, DEL AUGE A LA DECADENCIA.

Por Manuel Araníbar Luna
La reciente invitación de un amigo a una página llamada “Salvemos el Campo de Marte” nos retrotrajo a nuestra infancia en Lince. Aunque realmente el Campo de Marte no pertenece a políticamente al distrito de Lince, lo recordamos porque en Santa Beatriz se hallaban algunos de los lugares de esparcimiento de los linceños, además de ser uno de los pasos con destino  al Estadio Nacional y al Parque de la Reserva.
 La verdad que hace muchos años que no pasamos por allá. Durante nuestra niñez en Lince, principalmente las tardes de los sábados acompañábamos a los muchachos del barrio a las interminables pichangas que se jugaban en enfrentamientos de seis contra seis. Un par de piedras hacían las veces de vallas y no se jugaba con más de dos camisetas del mismo color.
Los conciertos de verano…
 Los domingos por la noche papá nos llevaba a los conciertos de verano de La Orquesta Sinfónica Nacional. Fue allí donde escuchamos  por primera vez en vivo “La Urraca Ladrona”  de Rossini  y “Pequeña Serenata Nocturna” de Mozart.  Más tarde, ya entrando a la adolescencia en los sesentas, los muchachos del barrio de Francisco Lazo  correteábamos desde el monumento a Jorge Chávez hasta  los de la campaña del 41; y  también nos zampamos-de puro oletones-  a la inauguración de la piscina olímpica. Aún no la habían techado.  Estuvieron  allí  los Ledgard, el Brujo, Táter y Kiko, una familia de nadadores, orgullo del deporte peruano.
Encuentros no muy santos…
Es cierto que por las noches el famoso Campo de Marte era un refugio de los enamorados para furtivos  encuentros románticos, muchas veces pecaminosos. También es cierto que no estaba muy cuidado que digamos porque siempre uno hallaba por allí algunos árboles quemados, maleza  amontonada, champas de grama  y una que otra banca destrozada por hordas de barristas  fanáticos.
Pero lo que muestran las fotos de esta página es lo peor que le puede haber pasado a este parque por donde correteábamos durante nuestra infancia. La basura, los pastrulos y el descuido están mortificando a los vecinos desde hace buen tiempo.
Una inmensa Concha … acústica…
Nos aunamos a esta campaña por salvar este parque del olvido y la negligencia por parte de las autoridades competentes que más se preocupan en borrar los murales artísticos del centro histórico pero descuidan  este patrimonio cultural de Lima. Para eso sí se manejan un marisco mucho más grande que la Concha Acústica del parque de esta nota.

06 de setiembre del 2015

jueves, 13 de agosto de 2015

LOS CIRCOS POBRES DE MI INFANCIA EN LINCE.

Por Sócrates Araníbar Luna
I.  Circos en la Plaza México
Hoy al pasar por la avenida de La Marina, me acordé de los circos misios de mi infancia. Al corazón de Lince nunca iban los circos porque no había un descampado ad hoc para los mismos, todos llegaban a la primera cuadra de la Av. México, frente a la maderera Lanfranco, la cual además tenía el negocio del café. Y hasta ahí llegaban gentes de la Victoria, de Garcilaso, de Risso, de Santa Beatriz. Es que ese parquecito, al lado del Cine Libertad y la línea del tranvía Lima - Chorrillos, era el vértice donde confluían gentes de tres distritos.
II.   Función de gancho, 2 x 1…
La expectativa de los niños se iniciaba un par de días antes, desde el momento en que empezaban a armar los aparejos.  Las carpas estaban parchadas, las tribunas eran tablones llenos de astillas, los animales hacían sentir el olor de sus excrementos a dos cuadras a la redonda, los carromatos tenían huecos por todo lado, el equipo de sonido era un pickup de 1940 que aturdía los oídos con su terrible scratch; y la orquesta... si se le podía llamar orquesta, estaba integrada por un baterista y un trompetista que siempre actuaban borrachos. Pero antes se propagandizaba la función  via megáfono desde un charcheroso Ford de 1941, el cual descargaba volantes en papel cometa que los niños se peleaban por recoger:
“¡A pedido del público, función de gaaaaaancho, 2 x 1, no se lo pierda!!!”
III.  Ay qué ricoooo…
Recuerdo el Circo Cavallini, aquel en que la familia era dueña completa de la carpa, lo era todo, el que vendía boletos era payaso (Pimbolo), el equilibrista era también boletero (Aldo Cavallini el "ay que ricoooo" de la TV). Una de las atracciones era un burro llamado Toribio. Otro de los espectáculos era el del Mago que siempre fallaba y en lugar de sacar un conejo de la galera agarraba aire, pero no importaba, eso era para la risa, y al "Tragafuegos". Recuerdo además al circo del Tony Perejil, el Montecarlo que todavía circula por los conos.
IV.    Ridi pagliaccio...
Hoy también, en temporada de circos , recordé la vieja película "Trapecio", con Burt , Gina y Tony Curtis, en la que Lancaster y Tony no eran doblados, pues en sus inicios fueron trapecistas profesionales. Otra película fue "El espectáculo más grande del mundo" en la que un payaso James Stewart era un fugitivo de la policía y era arrestado al final con su viejo traje de colores, y otra (no recuerdo el título) en la que Jerry Lewis en su papel de payaso lloraba porque no podía hacer reír al niño triste y este se rió al ver un payaso que lloraba.
V.           Coda.
Hoy subí al trapecio del recuerdo y -dando un triple salto mortal- caí sobre los zapatazos del payaso y por la cuerda floja de mis mejillas se me deslizaron dos lágrimas que golpearon sobre el aserrín de mis añoranzas…

Sòcrates Araníbar 19.07.2015

sábado, 30 de mayo de 2015

PELOTA DE TRAPO

“Vos fuiste mi amor primero
aunque hayas sido de trapo...”
-José Cantero Verni-
Por esas casualidades que se dan de vez en cuando, a las que hoy se les llaman serendipia, llegó a mis manos un afiche de la película argentina Pelota de Trapo con Armando Bo. Subí el afiche a las redes y unos jóvenes lectores me preguntaron que cómo era eso posible. Ya los imaginamos frunciendo las cejas cuando les contemos que en nuestra niñez jugábamos con una pelota de trapo en las calles de Lince cuando no en los potreros de Santa Catalina.
Culo de gallina...
Mis hijos se reían cuando les explicaba que para que la humilde pelotita diera bote se le ponía al centro una pelota de jacks  y que al amarre final se le llamaba culo de gallina. Para que lo pudieran entender no tuve más remedio que elaborar una pelota con unas medias viejas de fútbol.
Nudo culo de gallina estilo africano
Aún así, no comprendían el hecho de que en los barrios pobres las zapatillas eran un sueño lejano; que nuestros padres nos regañaban cuando nos sorprendían peloteando con los zapatos de la escuela; que nos escapábamos para jugar descalzos; que los botines de fútbol sólo eran para los futbolistas profesionales; que nadie tenía plata para una pelota de fútbol Número 5 de cuero; que cuando la pelota caía en un charco su peso aumentaba al triple y manchaba las paredes del barrio. Y que aprendíamos de los mayores todo ese mágico ritual de fabricar una para jugar en potreros con vallas hechas con piedras o palos.
Hoy el hermano poeta argentino José Cantero Verni nos lo cuenta en sus tiernos versos nostálgicos. 
Manuel Araníbar Luna
PELOTA DE TRAPO
La canchita era de tierra
y la pelota de trapo,
con dos medias bien cosidas,
por Valdir el Uruguayo.
La de cuero era muy cara
no alcanzaban los centavos,
pero eso no impedía
ser feliz en un picado.
No había tarde que no fuera
a jugar con los muchachos,
correteando esa pelota
entre medio de los charcos.
La pelota era el recreo
que nos daba el entusiasmo,
que brillaba en nuestras vidas
como estrella en el espacio.
Querida y vieja pelota
si te habremos dado palos,
yo te llevo bien adentro
aunque no hayas rebotado.
Si parecía que latía
todo su cuerpo sin gajos,
con un corazón gigante
por el potrero bailando.
Los chicos de la otra cuadra
un día nos desafiaron,
para jugar un domingo
a la mañana temprano.
Eran siete contra siete
por el tamaño del campo,
con cuatro piedras bien grandes
para marcar los dos arcos.
El siete de nuestro equipo
tenía en el arco a Gagliardo,
Cervantes, Pando y Ludueña
en la defensa parados.
El Santiagueño Brizuela
que lo apodaban «El Ancho»,
que junto al Negro Mendieta
formaban el mediocampo.
Y arriba solito y solo
con esa chapa de guapo,
el gran Oriental Valdir
que nunca aflojaba un tranco.
Ese partido quedé
como suplente en el banco,
mirando cómo jugaban
aquellos siete muchachos.
No se jugaba por tiempo
ese domingo temprano,
el triunfo sería del cuadro
con ocho goles marcados.
No había ningún referí
para soplar el silbato,
ni líneas que lo ayudaran
con banderín en la mano.
Iba y venía la pelota
sin rebotar en el campo,
con catorce carasucias
correteando sin descanso.
La pelota era la reina,
señora del escenario,
aquella simple pelota
que sólo era de trapo.
Se jugó aquel partido
con gran fervor y entusiasmo,
por esa alegría del fútbol
que no importó el resultado.
Aquella pelota nuestra
que a pesar de tantos años,
en la cancha del recuerdo
de punta le sigo dando.
Querida y vieja pelota,
pelota de nuestro barrio,
vos fuiste mi amor primero
aunque hayas sido de trapo.

José Cantero Verni